jueves, noviembre 27, 2008

Walter y el encarrete con la música

Por Vanessa Cantillo

Un salón amplio y limpio con piso de machimbre, me muestra otro panorama. Está en la parte posterior de una casa vacía que antes funcionaba como gimnasio. En el piso, un hombre delgado, sudado y de voz gruesa le habla a una mujer de cabello largo. Ella adueñada del espacio se estira, se acuesta y mueve sus piernas, mientras él le explica la rutina de lo que parece una obra.



Walter me había hablado de un ensayo e inmediatamente preparé mi mente para escuchar varias tandas de música. Pero no había música.


***
Desde Turbaco, Bolívar a 30 minutos de Cartagena nació un hombre de pocas palabras pero con muchos sonidos a su alrededor. Quizás ahí está el equilibrio de su vida. Quien lo vea caminar por las calles de nuestra ciudad y no lo conozca, cualquier cosa se pude imaginar menos que cante y produzca música.


Es un personaje raro. Sus pantalones rojos, su gorra rasta de color verde, una camisa de cuadritos de color distinto, y su andar dan cuenta de ello. Por las calles o en algún lugar donde te lo tropieces sabes que algo tiene y que sin lugar a dudas no es lo “básico”.


Walter es como una de esas hormiguitas silenciosas que trabaja mucho pero muy poca gente sabe lo que hace. Es calmado y su voz lo comprueba.


Su primer encuentro con la música viene desde la familia. Una radiola que había en su casa, conformada por un tocadiscos y el equipo, con un radio de emisoras am y de onda corta se significó la entrada al mundo de la música.


Cuando era niño junto a sus hermanos, él es el mayor, jugaban con el cabezote del tocadiscos que no servía pero daba vueltas e intentaban tratar de escuchar con la ayuda de un cono de cartulina.


Es así como él reconoce el entorno familiar como uno de los puntos clave para su desarrollo en la música.


El entorno y las influencias
Su curiosidad por la música y la radio fueron despertadas desde muy temprano. Rodeado de un ambiente musical, en un barrio y con amigos tocados por el sonido que emanaba de cualquier calle lejana o cercana a la ciudad amurallada creció Walter Hernández.

Así mismo la radio pasó de ser un aparatico sólo para escuchar música y entretenerse a ocupar un lugar decisivo en el futuro del adolescente que empezaba a degustarse con todas las emisoras de distintos géneros, que poco a poco fue aprendiendo y programando lo que quería oír, que no sería más que comenzar a decidir.

“Cuando hacían pausas o hablaban en la radio bajaba el volumen, no por ignorar lo que ellos decían ni porque me fastidiara sino porque lo que me interesaba era escuchar música” dice Walter.
Aquello se convirtió en uno sus grandes placeres, hasta el punto de comprar antenas para poder sintonizar emisoras que eran muy difíciles de encontrar en la banda radial, filtrándose una que otra de Barranquilla como Oro Estéreo, programadora de música americana.

Igualmente otra oportunidad para ver la escena musical y tomar de ahí lo mejor era el Festival de Música del Caribe, donde había mucha influencia de la música africana. “Venían de todos lados. De Jamaica, Barbados y de todas las Islas del Caribe. Era algo raro porque era música nueva, que no sonaba en radio y las emisoras también aprovechaban el momento del Festival para hacerlas sonar”.

Equivalentemente el hip hop que se pegaba en Cartagena no fue indiferente a sus oídos. Ni mucho menos el Vit voz, que es aprender a hacer sonidos con la boca- que también cautivó a sus amigos. Era ver y aprender con escuchar.

Walter es comunicador social de la Universidad Autónoma del Caribe, lo que le ha permitido otro acercamiento a la radio y a las experiencias sonoras. Ha estado involucrado con algunos compañeros en programas de radio comunitaria y en investigaciones de las apropiaciones de la música.

Además fue uno de los favorecidos, entre un grupo de doce personas, con una beca por seis meses en la Escuela de Producción Sonora de la ciudad de Bogotá del Ministerio de Cultura.


De Intermundos a Systema Solar
En el 2000 varios amigos, entre esos Vanesa y Juan, se unen con Walter en pro de una propuesta de intercambios de arte, con el fin de mejorar las condiciones de vida y la comunicación entre jóvenes que empiezan a relacionarse desde todas partes del mundo contando sus experiencias.

Intercambios que se logra satisfactoriamente gracias a la labor de Vanesa por sus contactos internacionales y por una organización de Filadelfia, que hizo posible lo que recibe el nombre de Pincelazo.

Luego, durante la posproducción del segundo documental de Intermundos, “Testimonios de Hip-Hop Colombiano”, y tras propuestas individuales de todos sus integrantes nace la idea de Systema Solar para promover las mezclas de reggae, hip hop y música del Caribe en general.

El grupo lleva 3 años de haber sido conformado y sin dudar Walter le ha impregnado además de sus voces -porque hace diferentes tonos y sonidos con ella- sus gustos y obsesiones, como la de los picots.

Parlantes grandes, de colores llamativos y bacanales de música, en especial de champeta, que veía y oía desde la casa de su abuela en el barrio Nariño, “un palenque urbano”.

Sus padres están felices con lo que su hijo hace y no titubean en apoyarlo en cualquier nuevo proyecto. Su papá es el único que no ha podido apreciar ningún concierto de la agrupación por cuestiones laborales, mientras los demás miembros de su familia han viajado para hacerlo.

Los proyectos actuales de Systema Solar es lanzar su primer disco en Colombia, ya lo hicieron en New York para ver si surge algún recurso económico, pero lo que más espera la voz líder es que llegue a la Costa.

martes, noviembre 04, 2008

Manillas y buena energía

Por Vanessa Cantillo Mosquera
Oct 16/ 08

El día amanece y ella como una madre juiciosa, se levanta. Prepara todo para el nuevo día. Arregla a su hijo para llevarlo al jardín, -cuando este no se queda con su padre en casa-, luego regresa al lugar donde están viviendo para recoger las artesanías que fueron hechas la noche anterior e irse mochila en mano con todo el “plante” a venderlo.

La rutina de trabajo, o de rebusque, empieza a eso de las diez de la mañana. Serializadas manillas, de diversos colores, diferentes materiales, encargos y las denominadas de la buena suerte son las que lleva consigo.

Nos montamos al bus de Costa Azul, la ruta de Puerto Colombia que nos lleva hasta la Universidad del Norte, que es donde ahora tiene su “parche”. Llegamos, abrimos el paragüitas con los collares y aretes, y ella saca algunas cosas que tiene que terminar.

Todo consiste en quedarse ahí, tener un trato muy amigable con la gente, ofrecer los productos, y regalar las manillitas de la buena suerte, que algunas veces van acompañadas de un “cualquier moneda es cariño”, que contribuyen bastante al bolsillo.

Debajo del imponente sol de la alta mañana, entre una mezcla de fogaje con algo de brisa, nos ubicamos en una escasa sombra que dan las leves ramas de los árboles. Neyis espera con una sonrisa y palabras de ánimo, paz y amor, a los estudiantes que salen de sus clases.

Cuando acosa la sed, un jugo de naranja de las ventas que están detrás de los paraderos de buses, es lo más indicado para calmarla. Ella trata de gastar lo menos posible el dinero para llegada las dos de la tarde –hora a la que casi siempre se va- tener una buena cantidad y poder irse tranquila a casa.

Algunos estudiantes se acercan no sólo a mirar o comprar artesanías si no a entablar conversaciones. Unos hablan largos minutos con Neyis, la conocen hace tiempo y hasta preguntan por su hijo, Juan José.

Trato de hacer mi propia bienvenida, en eso también se diferencian las personas que trabajan en esto, o lo hippies como suele llamárseles, si bien las personas son diferentes igualmente sus trabajos. Ella para acercarse a alguien casi siempre dice “bienvenida guerrero(a)…ven te regalo la manilla de hoy. Pide tu deseo. De amor, erótico, bienestar, nada de maldad, piense en cosas buenas, ningún mal a nadie. Buena energía.”

Es sólo trasmitir frases agradables. Como cualquier negocio, el vendedor dice lo que el comprador quiere escuchar. Es saber vender. Es ofrecer agradablemente los collares, pulseras, aretes y dijes.

Me enseña entonces a hacer las manillitas, las que se obsequian, las que cada día son de colores diferentes, que algunos coleccionan es sus muñecas, y cuando pasan llegan en busca de la del día, extendiendo sus brazos para lucirlas gustosos en sus muñecas.

Pasan las horas. El ambiente está agitado, congestionado, es la salida de clases. Vamos y ofrecemos lo que hay para vender. Vendemos algunas cosas, cambiamos los cordones de algunos collares por el que quieren, colocamos broches, y se obsequian casi todas las manillas de los deseos.

A más de las dos de la tarde recogemos y guardamos las cosas. Compramos dos jugos de naranja y caminamos para coger el bus que nos llevará de vuelta a casa de Neyis. Me despido. Ella quizás vea algo de televisión o tal vez haga taller para salir por la tarde a seguir vendiendo, o simplemente se eche un sueño y se relaje para recargarse de su buena energía.

Los niños de las burbujas blancas

Por Vanessa Cantillo Mosquera

Sept 10/08


Muy cerca de Barranquilla existe Puerto Colombia, un pequeño pueblo que encontró vida en el borde del mar Caribe. Éste a su vez hizo posible el surgir de la ciudad gracias al muelle construido sobre su mar, por el ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros, inaugurado en 1893. Con una zona de atraque de 180 metros y una extensión total de 720 metros.

El muelle se constituyó en la puerta de la casa. Inmigrantes, agentes navieros, comerciantes, y aventureros llegaron atraídos por el movimiento de divisas, quienes empezaron a edificar el comercio y a su vez, la masa poblacional.

Todo un pasado lleno de progreso y gloria para los habitantes y para la ciudad misma, ha quedado atrás. En su momento el muelle dejó de funcionar, igualmente el ferrocarril que llegaba hasta el, y Barranquilla emergió como puerto fluvial y marítimo independientemente.

Un medio día caluroso, con brisa fresca, vegetación bordeando la carretera y el olor de aire más limpio al de la ciudad, revelan el paisaje a encontrar.

Hoy sólo sus habitantes -con oídos llenos de oleajes-, turistas -encantados al ver la bola de fuego en medio del infinito- y niños haciendo clavados, son los únicos en encontrar un sitio allí.
Julio –al que los otros niños llaman “gato”-, es un niño de 13 años, rubio, de baja estatura, con cara pecosa y orejas grandes. Lleva más de dos horas tirándose al mar. Sólo unos calzoncillos azules, pies arrugados y cabello mojado pegado en la frete lo acompañan en el juego de lanzarse de la forma que sea al mar.

Hace muchos años el muelle fue la solución a uno de los tantos problemas de exportación en Colombia, ahora es una especie de paraíso, tranquilo y tenue, lleno de pequeños, pero grandes de valor, que pasan los días de su niñez entre agua y arena.

Julio al igual que otros niños van a hacer clavados cuando el mar está tranquilo desde la destechada casita que se encuentra al final del muelle.

En la infinidad del azul marino y el cielo blancuzco llegamos a sentir lo pequeños que somos. Caminamos sobre el agua, por retazos de un comienzo y de un final, sombras y sobras del esfuerzo humano.

Dichos, sobrenombres, burlas, groserías y vulgaridades salen de la boca de ellos, resonando en los escombros de muros y paredes caídas de la vieja estación, cuarto de máquinas y de descargue, venidas abajo en años anteriores.

Dentro de los restos del monumento se pasean los imaginarios de los niños, que se prestan para todo, dan vida a toda clase de juegos para las horas que pasan en el muelle, en el agua o fuera de ella. Juegan a la yeva, y en vez de salir corriendo como se hace en el juego normal, ese que alguna vez jugamos muchos, corren a lanzarse al agua, y tras de ellos los que los siguen.

Todos sonríen, se divierten y me contagian con el derroche de alegría. Es como si una burbuja encerrará el aire y los sumergiera por completo.

Se lanzan, y tras mis ojos, ante el inminente salto, me sorprendo y pienso muchas cosas. En especial muchas preguntas, que cuando empiezo a decírselas salen jalonadas con el mismo salto de ellos, ese mismo que deja al zambullirse burbujas blancas en el limpio tornasolado azul, y se las llevan.

A pesar de que sea una forma de recrearse para algunos niños después de ir a la escuela, es evidente que corren riesgos como una mala caída o un golpe al realizar actividades como esta. Pero para ellos el momento es más importante.

Igualmente no falta el que empuje a otro, y luego de los insultos correspondientes y las malas caras todo vuelve a su estado normal. Y sigue el juego.

Es increíble la agilidad de esos chicos para treparse y lanzarse desde tanta altura, y más aún que yo nunca lo haya experimentado. El hecho de que sean niños, hasta de ocho años, me hace sentir mal, frustrada e incapaz. Lo pienso y lo digo en voz alta. Ellos me miran, unos sonríen y otros hacen cara de incomprensión, sé que ambas respuestas son la misma, ellos no entienden que quiero decir.

Por la angustia de que el género femenino no estuviera representado en tales hazañas pregunto a un chico mayor que si hay niñas o chicas haciendo lo mismo. Y sí, hay dos. No sé si afortunadamente, para saber que no sólo puede ser diversión o riesgos de niños, o desafortunadamente por verme y sentirme más patética. Son las cosas que parecen divertidas, que quieres hacer pero que aún no sabes o no te atreves.

Aparte de los resultados económicos y comerciales que trajo la construcción del muelle están también las importaciones culturales que cambiaron muchas de las costumbres, integrándose a los hábitos y a la misma cultura de los colombianos.

El principal puerto del norte de América del Sur, quedó reducido a un pasaje histórico, del cual no todos conocen su significado, importancia y valor histórico. Esos niños que hoy disfrutan de la obra para divertirse o matar las lombrices del vértigo sólo saben que están en Puerto Colombia, en el muelle que lleva el mismo nombre del municipio pero no tienen ni idea de lo que él significó para todos. Para la ciudad, la región, el país y hasta para nuestras familias. Mientras tanto ellos siguen aprovechando lo que tienen.

“El gato” vuelve a saltar desde lo que antes era una ventana. Le pregunto a gritos si va al colegio, y me responde un cómo. La distancia que nos separa y la brisa sin barrera no lo dejan oír claramente lo que le digo. Viene otra pregunta, palabras y aire se pelean. ¿En que curso estás? Un ah! me hace entender que otra vez no escuchó. Se repite la escena, me lee los labios y me responde. Ahora soy yo la que no le oigo. Me grita. Está en sexto de bachillerato.

miércoles, agosto 20, 2008

Esquinas curvas



Agosto 8/08
Por Vanessa Cantillo Mosquera

Estoy otra vez aquí, en la sala de observación de una clínica de la ciudad. Es jueves, está un poco nublada la mañana. Mi madre se ha sentido mal. Es la crisis más aguda de los meses en que su muñeca derecha más exactamente el nervio Túnel metacarpiano le ha causado problemas.

Hemos llegado a la urgencia, ella no está bien pero tampoco se ve muy mal. Lo digo por su cara. No se queja. Después de la debida entrevista del doctor, que es a lo que ha quedado reducido nuestro sistema de salud, la han pasado a observación para ver si el dolor del brazo -que se le ha pasado al hombro y al cuello- se le calma con varias inyecciones.

Hay muchas cosas que suceden en este lugar. Es el más agitado de la institución. Entran y salen muchas personas. Es un ambiente que juega entre lo ruidoso, calmado y asfixiante. Hombres y mujeres vestidos de blanco van y vienen de un lado para otro. El muchacho de la silla de rueda, parece no cansarse. Y el tapa boca que usa lo hace ver cómico, con la sonrisa escondida que le brota por los ojos.

Mi madre está dormida. La observo desde la escalera de la cama donde estoy sentada, las dos o tres sillas que hay para los acompañantes están ocupadas. Es como si le cuidara el sueño.

Son muchas historias las que encontramos. Tal vez sólo por un momento llegamos a ser parte de la vida de otras personas. De sus terribles traumas, físicos como familiares e individuales.

Es una sala de seis puestos, es decir, de seis camillas que están separadas por unas láminas de PVC blancas y transparentes, esta última, dispuesta en la parte de arriba, lo que permite ver a los demás.

Lleno, vacío, lúgubre y pasivo. Hostil. Sucio. Blanco… tantas palabras cabrían para describir este espacio.

Ella se despierta. Y en una de las tantas conversaciones, de las que si es coherente y consciente de lo que dice, pues los medicamentos son más fuertes y han aumentado de dosis, le pregunto el porqué de las esquinas curvas de la sala. “Son así para que las bacterias no se acumulen en las esquinas, ni en esas rayitas”, señalando la unión de las baldosas. Resuelta mi duda, le pregunto cómo se siente, “igual”, me dice. Así sé que aún quedan muchas horas por estar aquí, lo que trato de distraerme en otras cosas o pensamientos para olvidar el deseo de querer salir huyendo.

No me gusta este lugar. ¿A quién le gusta? Está no será la última vez que vendré pero lo que sí sé es que las veces que sea necesario lo haré, sólo por mi madre.

viernes, mayo 23, 2008

Nací en la calle






Por Vanessa Cantillo Mosquera

5 de mayo/08*

Son las 3:30 de la mañana de un lunes 31 de marzo de 2008. Es el día de mi nacimiento y próximamente será el de mi cumpleaños. Un aviso telefónico, que pudo haber sido de cualquier persona circundante del sector, avisa a una institución médica que yo ya vendría a este mundo.

Así una ambulancia de la Clínica Campbell, se dispone a socorrer a quien me lleva en su vientre, Maribel Gutiérrez. Una joven de 25 años de edad, habitante de la calle, que todos conocen como “Bazuquita”. Quien hace unos minutos empezó con los trabajos del parto para darme a luz en la esquina de la calle 72 con carrera 47 de la ciudad de Barranquilla.

Casi de la misma forma como sucede con los policías en esta y otras ciudades del país, los especialistas llegaron tarde. Mi madre ya se había encargado de retirarme la placenta y de zafarme de un jalonazo el cordón umbilical que nos mantenía unidos, así que no tuvieron mucho trabajo que hacer.

Ante la pregunta que no he dejado de hacerme desde el momento en que estaba viendo el nuevo mundo al que venia, donde aparte de ser todo extraño para mi, era solo. Nadie más que esa mujer a mi alrededor estaba ahí, haciendo como fuera para sobrevivir y para agarrar la criatura que salía de su vientre. ¿Por qué está sola? ¿Dónde está mi padre? ¿Quién es? Esos mismos interrogantes también se estarían haciendo los primeros en saber la noticia. ¿Quién es el padre? “El papá de mi hijo es ‘Chancletica’”, expresa mi mamá.

Ese señor que ella dice es un taxista que se estaciona todas las noches cerca del Parque de los Músicos, por el lugar donde yo nací. “Él es joven. Él me llevaba de noche a su casa en Puerto Colombia, en el taxi” sigue explicando mi madre a un periodista que la entrevista. Dice además que yo soy producto de los constantes abusos sexuales de ‘Chancletica’, quien le daba todas las noches 4 mil pesos para comer.

Soy su segundo hijo. El primer bebé, o sea el que sería mi hermano, se lo llevó el Bienestar Familiar. Ella está impaciente y preocupada porque “No quiero que me quiten a mi hijo”, dice.

Mientras tanto ambos permanecemos en el centro hospitalario, ella en una de las camas, pidiéndome, “Quiero que me lleven el bebé a la cama para abrazarlo”. “Me hace falta. Quiero dormir acá con él” y yo, apartado de ella, en una incubadora.




martes, mayo 20, 2008

Al “Siempre vivo”…“ya yo le cambié de contexto”




Por Vanessa Cantillo Mosquera
25 feb/08*





De la imagen de un niño surge ese hombre ensangrentado por un machete que le atraviesa la barriga. Su mirada de joven a adulto con ganas de cambiarlo todo, afanado por expresar un asunto social de la forma que sabia y que podía hacerlo, permitió que el cuchillo en el cuello, un hacha pequeña, un serrucho en la cabeza, un pico en la espalda y dos cuchillitos atravesaran los lentes destruyendo sus ojos, que chorreaban de liquido rojo ensuciando un impecable traje blanco que lleva puesto, se juntaran y hablaran, por sí solos mientras él caminaba turbiamente por las calles de la ciudad para decir que el Carnaval no va a desaparecer o sino míreme a mi.

Vanessa Cantillo: ¿De qué idea nace el disfraz?
Carlos Restrepo: El disfraz nace en 1992 cuando el consejo de gobierno de Barranquilla comienza a tratar de acabar con el carnaval por razones de finanzas, sacando un serrucho a los dineros destinados para el carnaval. Es así donde empiezo a sacar el disfraz con el nombre de “Siempre vivo”, haciendo referencia a que el carnaval no iba a morir por mucho que algunos quisieran porque es un fenómeno cultural-tradicional que siempre va a estar vivo. Emerge como una crítica.


Además recordé un personaje que de niño me impresionó por salir atravesado por un machete en la barriga. Lo relacioné, empecé a experimentar y logré hacerlo.

¿Qué es lo más anecdótico que nunca olvidará de los carnavales en los que usted hizo parte?
Ese gran espíritu colectivo que pierde el manejo de la alegría y el desorden, la música de nuestro carnaval que nunca olvidamos aunque estemos en cualquier parte del mundo, en cualquier tipo de religión o en cualquier contexto, uno la siente.

A medida que fue pasando el tiempo le agregó más objetos cortopunzantes al disfraz. ¿Por qué lo hizo?
Para hacerlo más patético, más impresionante.

¿Cómo decide desvincularse del Carnaval? ¿Cómo fue ese proceso?
Desde la perspectiva de creencia. Me metí en la parte de la fe cristiana, comienzo a leer la Biblia y me doy cuenta que hay unas cosas que dentro de la Biblia y del cristianismo no estan de acuerdo con todo lo que conlleva el carnaval, no en sí por el disfraz sino lo que hay detrás de ese mundo del carnaval.

Usted estuvo vinculado como profesor de la facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico. ¿Por qué dejo de dictar clases en dicha institución?
En ese tiempo en la Universidad del Atlántico estaba politizado los nombramientos y yo no comparto ideologías políticas que llevan hacia un mal manejo por eso me aparte de allá. Los intereses, los puestos y los votos estaban relacionados, entonces eso no me cuadro.

¿Cuáles fueron los inicios del grupo el Sindicato?
En 1973 los que integrábamos el grupo el Sindicato, aun no se había formado el grupo pero veníamos trabajando muy unidos porque teníamos el grupo de teatro de la facultad de Bellas Artes y habíamos sido miembros del consejo estudiantil de la facultad, nos unía un compañerismo de estudio, de convivencia, éramos tan entregados al arte que vivíamos casi en Bellas Artes donde teníamos espacios y trabajábamos todo el tiempo en producciones individuales.

Usted ha sido promotor de la cultura empezando desde Barranquilla hasta hablar regionalmente en la Costa Caribe, después que se desvincula de la Universidad su profesión de docente y de artista ¿cómo sigue contribuyendo a la cultura y a la noción artística de la ciudad?
Principalmente creando obras de arte, ejerciendo como gestor cultural y trabajando como director y curador de montaje, de la corporación Arteta y de la Cámara de Comercio. Recientemente realicé los tres montajes del II Festival Internacional del Carnaval de las Artes. Y alternando como docente en el programa de educación artística del colegio INEM, enseñando apreciación artística, pintura y dibujo artístico desde 1997.

¿Cómo vio este carnaval? ¿Qué hizo en esos cuatros días?
Realmente esta vez, este año yo no vi el carnaval. Me dediqué a trabajar en el computador en unos programas sobre apreciación artística, en esos días estuve bajando imágenes de historia del arte y si salí alguna vez fue porque Andrés, mi nieto, me convidaba a ir al parque y nos íbamos caminando hasta la vía 40, que está cerca de la casa, y vimos algunos disfraces pero hasta ahí.

¿Cómo ve la labor de Carnaval S.A.?
Realmente Carnaval S.A. tiene algunas cosas positivas como lo es que ha tratado de manejar los dineros que aporta el Ministerio de cultura y el distrito para el carnaval pero la gran falla es que se ha puesto un fortín burocrático y gran parte de ese presupuesto se va en salarios de empelados que tiene la empresa, al igual que no ha rescatado el sentido popular que ha tenido el carnaval donde mucha gente de sectores populares participaban sin que nadie tratara de conducirlos como ha sido la intención de Carnaval S.A.

¿Qué le espera al “Siempre Vivo” como personaje?
Tomé la determinación desde el punto de vista que iba adquiriendo mis creencias cristianas de que el disfraz no saldría más en el carnaval pero el “Siempre vivo” sí puede salir en eventos artísticos porque ya le di otro contexto pues dejó de ser un personaje carnavalesco a ser un personaje crítico como critica a la violencia en Colombia.



Escrito personal hacía Santa Sangre

Por Vanessa Cantillo Mosquera
mayo 19/08*


Todo empezó un miércoles. Día del cineclub Cinéfilos, dirigido por John, un conocido en una de las tardes de los viernes en la Alianza Francesa, quien luego de una agradable e interrumpida charla de cóctel me había invitado a que asistiera.


Y así fue. Intente y lo establecí en mi horario. Luego de atravesar la ciudad en un bus de Kra 54 y de haber recorrido algunas calles tras haber preguntado, -no se por qué-, si aún no habíamos pasado por el sitio, me tocó bajarme inmediatamente del bus y seguir las indicaciones del amable chofer y emprender una nueva odisea en el apabullado centro de la ciudad hacía la Biblioteca Pública Departamental Meira del Mar. Esa sería la primera vez que la visitaría.



De las veces que había ido al centro, la mayoría de ellas había tenido problemas para ubicarme. Allá, uno siempre tiene que estar a la expectativa más que en cualquier otro espacio, nunca sabe que va a pasar, nunca puede prever nada. En fin, estaba empeñada en llegar al cineclub y tras experiencias anteriores aprendí que dando vueltas en el centro se halla el lugar que es, haciéndote pasar por una prueba más de persistencia. También quería despejar mi mente y que mejor que viendo cine independiente, además de paso dejarle claro a un amigo que aunque fuera en el lugar que era, a las dos de la tarde, en la 38 con 38, yo podía ir; cosa que me ayudo más.

Al llegar encontré muchas sorpresas. Cosas que me hicieron pensar, imaginar y preguntar, inevitables por hacer parte de una novedad, que terminó siendo encantadora. Creí que encontraría un lugar vacío, o con unas cuantas personas, y fue todo lo contrario. Había adolescentes entregando sus maletines para poder ingresar a la sala, mujeres y hombres charlando en las contadas mesas del lado izquierdo de una pequeña cafetería, los del cineclub desocupando el salón que estaba dispuesto para ellos, pues habían instalado otro evento allí, y otros en lo suyo, en sus trabajos.

Un sala, o mejor una bibliosala para niños, recoge toda mi atención y mi andar. Me asomo llevada por el encantamiento de los colores y del decorado. Entro con pasos sigilosos queriendo no sorprender ni entorpecer a nadie. Me encierra una sensación de estar en un mundo diferente, y a la vez de volver atrás, embargándome la nostalgia, recordando momentos de mi niñez y pensar lo que no se piensa cuando se es.

En una de las esquinas del lugar, están dos niños jugando damas, son callados, reacios, a quienes no logro interrumpir de su juego con mis preguntas; otros dos usan dos destartalados computadores para dibujar en Paint, siquiera voltean sus rostros, con caras que se preguntan quién será esa extraña, y me prestan algo atención. Uno de los primero chicos lleva su cabello a la altura de los hombros. ¿Tú eres niña o niño? Le pregunto. Él no responde, no quiere decirme nada, está enfrascado en su juego. Los otros, luego de reírse, me dicen que es niño.

Ojeo los títulos de los libros, hay fábulas, cuentos, hasta versiones animadas de narraciones que se pensarían de un nivel superior para niños, como “El Fantasma de Canterville, de Oscar Wild, él que tomo en mis manos, y sin querer digo un ¡Vaya! en voz alta. Ellos me miran sin entender mi reacción. Una voz algo cantaletosa de una niña me baja de la nebulosa que pasa por mi cabeza. Ella, con ese valor de niño que llora por lo que quiere, irrumpe el silencio del ambiente, con un seño…seño…seño…
Entregándole una hoja y un lapicero le dice “seño toma para que me hagas la carta”. Yo le pregunto carta para qué, “para que mi colegio venga”, me responde. Casi como si hubiera interpretado mi cara se le suelta su lengüita y sigue hablando, “es que yo quiero que mi colegio venga, lo que pasa es que vino sólo los de 4to de la mañana, pero los de la jornada de la tarde, mi curso, no, entonces para que mi seño lea esa carta”. Cómo se llama tu colegio, le sigo preguntando, y para sorpresa mía es el mismo donde yo estudie. Ese colegio, no muy lejos de ahí, donde pasé grandes momentos y construí parte de lo que soy hoy.

Preguntar a la que la niña ha llamaba seño, que no lo era, qué hacen, cómo son las actividades que se hacen para los niños, quiénes los apoyan, se me dio también por pensar en cómo yo podría ser parte en la construcción de esos espacios, y porque no, de un lugar para ellos o para mi, en la medida en que podría acompañar, ayudar y enseñar a los niños que se interesan por ir a lugares como estos, y a la vez aprender de ellos.

Sería contribuir a las cosas y no quedarnos en la quejadera de siempre, poniendo un granito de arena o una montaña completa, que se una a formar parte del valor agregado a la capacidad intelectual de la ciudad y por ende, a la del país.

Y mientras a la niña se le cumple el deseo de que la seño le escriba la carta para venir a visitar la biblioteca infantil con todos sus compañeritos de clase, desmaraño las telarañas de mi cabeza recordando que he venido a por una película, me despido, salgo alegre y gustosa con el propósito de regresar muy pronto, así llego también a mi primer frío y transformador encuentro con Jodorowsky y su Santa Sangre.