Agosto 8/08
Por Vanessa Cantillo Mosquera
Estoy otra vez aquí, en la sala de observación de una clínica de la ciudad. Es jueves, está un poco nublada la mañana. Mi madre se ha sentido mal. Es la crisis más aguda de los meses en que su muñeca derecha más exactamente el nervio Túnel metacarpiano le ha causado problemas.
Hemos llegado a la urgencia, ella no está bien pero tampoco se ve muy mal. Lo digo por su cara. No se queja. Después de la debida entrevista del doctor, que es a lo que ha quedado reducido nuestro sistema de salud, la han pasado a observación para ver si el dolor del brazo -que se le ha pasado al hombro y al cuello- se le calma con varias inyecciones.
Hay muchas cosas que suceden en este lugar. Es el más agitado de la institución. Entran y salen muchas personas. Es un ambiente que juega entre lo ruidoso, calmado y asfixiante. Hombres y mujeres vestidos de blanco van y vienen de un lado para otro. El muchacho de la silla de rueda, parece no cansarse. Y el tapa boca que usa lo hace ver cómico, con la sonrisa escondida que le brota por los ojos.
Mi madre está dormida. La observo desde la escalera de la cama donde estoy sentada, las dos o tres sillas que hay para los acompañantes están ocupadas. Es como si le cuidara el sueño.
Son muchas historias las que encontramos. Tal vez sólo por un momento llegamos a ser parte de la vida de otras personas. De sus terribles traumas, físicos como familiares e individuales.
Es una sala de seis puestos, es decir, de seis camillas que están separadas por unas láminas de PVC blancas y transparentes, esta última, dispuesta en la parte de arriba, lo que permite ver a los demás.
Lleno, vacío, lúgubre y pasivo. Hostil. Sucio. Blanco… tantas palabras cabrían para describir este espacio.
Ella se despierta. Y en una de las tantas conversaciones, de las que si es coherente y consciente de lo que dice, pues los medicamentos son más fuertes y han aumentado de dosis, le pregunto el porqué de las esquinas curvas de la sala. “Son así para que las bacterias no se acumulen en las esquinas, ni en esas rayitas”, señalando la unión de las baldosas. Resuelta mi duda, le pregunto cómo se siente, “igual”, me dice. Así sé que aún quedan muchas horas por estar aquí, lo que trato de distraerme en otras cosas o pensamientos para olvidar el deseo de querer salir huyendo.
No me gusta este lugar. ¿A quién le gusta? Está no será la última vez que vendré pero lo que sí sé es que las veces que sea necesario lo haré, sólo por mi madre.