lunes, septiembre 11, 2006

El disgusto y el bigote de mi padre



  
Claramente se escucha de nuevo la voz y en unos minutos se siente la repetición de advertencias y recriminaciones ya dichas. Se sulfura, y basta solo con fijarse en su rostro para darnos cuenta de que algo malo le sucede. Gestos, manoteos y otros ademanes dejan ver su enojo pero lo más reconocible, algo raro que se le nota, una forma extraña al descargar palabras, que es precisamente cerca de su boca, el bigote, y  esa forma peculiar que opta en situaciones como estas, mostrando el éxtasis total del disgusto.

Es mi padre, si señores, es mi padre.

Alejandro Cantillo Comas. Tiene 50 años, es de estatura media, moreno, bigotón, lleno de algunas canas, recubiertas de un negro Bigen que les echa desde que empezaron a aparecer. -Perdón  pa’ se que no te gusta que sepan cosa como estas-. De signo Leo, amante de la salsa y el béisbol, trabajador y refunfuñero. Con un carácter nada maleable, fiel a su signo zodiacal,  crítico, llegando a veces al extremo, enchapado a la antigua y sobreprotector.

Alcanzó a terminar el bachillerato, incursionó luego a varias carreras, como arquitectura en la Universidad del Atlántico de donde pronto se retiraría e incorporaría a una academia de locución de radio. Todas estas sin salir ganador de título alguno, pues ya era la hora de toparse con otros puntos en su vida que no convergían para nada con sus estudios, y era la llegada de una novia, de una futura esposa, de la adquisición de una responsabilidad, de vida aparte.

 Mandatos, consejos y comienzo.

  expresa él cada vez que sale a flote cualquier conversación de este tipo. revelando cierto resentimiento que aún permanece en él, y de lo que le he dicho no le sirve de nada, pues tal vez no hubiera podido ser o hacer lo que ha hecho si mis abuelos no lo fueran obligado a formalizar todo, y a que se estableciera solo y fuera responsable con su nueva vida.

No obstante consiguió trabajo, y no le ha faltado para criar, educar y mantener a su media docena de retoños. Empezó en el círculo de lectores, como promotor de ventas, luego en Monómeros y por último en Pizano S.A., donde es esclavo -como dice-  actualmente; sin dejar atrás los variados y múltiples empleos informales por los que tuvo que pasar.
Expresa también, agregando, .
  
Muro, camino, familia.

Por razones y comportamientos intolerables para él, y con muchas peripecias más terminó el matrimonio que ya había empezado. Y en el camino halló a mi madre, con la que integraría la familia anhelada, parecido a lo que él aspiraba, no perfecta, pero sí en la que la unidad de hogar tendría más resonancia.

Con tres niños, Marvin, Alexandra y Alejandro, mi padre y mi madre conformarían junto con Leidys -efecto de su unión- la nueva familia. Pasarían luego seis años para que yo estuviera con ellos, y unos tres más para cerrar el círculo, para completar la estirpe con Katherine, la menor.

La mezcla.

El equilibrio de la pasividad, tranquilidad, y libertad de mi madre con la disciplina, orden y modos conservadores de mi padre, ha hecho posible la unidad del hogar, manteniéndolo y conservándolo a pesar de todos los cambios y giros imprevisibles que desde la vida misma se pueden dar.

Se pechichan y se consienten como si todavía estuvieran en su época de novios. Mantienen una relación muy estable, discuten, a veces hasta ignorarse sin ningún resultado, pues eso no dura más de un día. En tales situaciones el ambiente se pone tenso, la grieta es grande cuando algo entre ellos no se encuentra bien, pero sin dejar de ser lo que se es, no falta domingo que se les vea muy encaramelados.

La carrera- la carreta.

Con esfuerzo, dedicación y cierta persistencia cantaletosa, mi padre se ensaña en formarnos. No ha sido fácil, corrección, no es fácil, tratar de enseñar a vivir, de mostrarnos un mundo y de protegernos de otro, mucho menos cuando no es a uno solo, si no a seis, seis críos que tienen pensamientos e ideales que no concuerdan con los suyos, que por mucho sacrificio terminan decepcionándolo y causándole dolores de cabeza.

Ser el conductor de esta carreta llena de vida, de posibilidades, ha sido un reto para él. Luchando día a día, regaño tras regaño, cana tras cana, para querer hacer algo por sus hijos… dice, fluyendo luego una manada de palabras, recuerdos y ejemplos que son los precisos para el momento.

Disgusto, amargo disgusto.

Era jueves, y una vez más sus ya grandecitos hijos le volvían a dar vida al tan imparable combatiente Alejandro. Había sido un día más de trabajo, de turno de amanecida -de 12.00 a.m. a 8:00 a.m. del día siguiente- lo vi llegar a casa esa mañana, le preparé el desayuno a mi madre y a él, quien lo masticó con ansias rápidamente y luego con desilusión al sentir el amargo del café con leche no endulzado.

Descansó toda la tarde con algunas molestias corporales que andaba sintiendo, pero pasada la tarde, sin prever -una capacidad única de los padres- nada y sin síntomas algunos de que la tranquilidad de la tarde, como algunas otras, iba a ser arruinada por un nuevo evento de uno de sus hijos, en este caso el mayor, Marvin, que poseía  antecedentes no muy gratos para mi padre. dice. En circunstancias como estas es donde se ve lo que muy burlescamente mi abuelo materno dice < Es que cuando Alejandro coge rabia el bigote se le para>.

lunes, mayo 15, 2006


Bota. Deséchate, deséchame.



Para todos los que igual que yo han querido ver el mundo de otros...