jueves, noviembre 27, 2008

Walter y el encarrete con la música

Por Vanessa Cantillo

Un salón amplio y limpio con piso de machimbre, me muestra otro panorama. Está en la parte posterior de una casa vacía que antes funcionaba como gimnasio. En el piso, un hombre delgado, sudado y de voz gruesa le habla a una mujer de cabello largo. Ella adueñada del espacio se estira, se acuesta y mueve sus piernas, mientras él le explica la rutina de lo que parece una obra.



Walter me había hablado de un ensayo e inmediatamente preparé mi mente para escuchar varias tandas de música. Pero no había música.


***
Desde Turbaco, Bolívar a 30 minutos de Cartagena nació un hombre de pocas palabras pero con muchos sonidos a su alrededor. Quizás ahí está el equilibrio de su vida. Quien lo vea caminar por las calles de nuestra ciudad y no lo conozca, cualquier cosa se pude imaginar menos que cante y produzca música.


Es un personaje raro. Sus pantalones rojos, su gorra rasta de color verde, una camisa de cuadritos de color distinto, y su andar dan cuenta de ello. Por las calles o en algún lugar donde te lo tropieces sabes que algo tiene y que sin lugar a dudas no es lo “básico”.


Walter es como una de esas hormiguitas silenciosas que trabaja mucho pero muy poca gente sabe lo que hace. Es calmado y su voz lo comprueba.


Su primer encuentro con la música viene desde la familia. Una radiola que había en su casa, conformada por un tocadiscos y el equipo, con un radio de emisoras am y de onda corta se significó la entrada al mundo de la música.


Cuando era niño junto a sus hermanos, él es el mayor, jugaban con el cabezote del tocadiscos que no servía pero daba vueltas e intentaban tratar de escuchar con la ayuda de un cono de cartulina.


Es así como él reconoce el entorno familiar como uno de los puntos clave para su desarrollo en la música.


El entorno y las influencias
Su curiosidad por la música y la radio fueron despertadas desde muy temprano. Rodeado de un ambiente musical, en un barrio y con amigos tocados por el sonido que emanaba de cualquier calle lejana o cercana a la ciudad amurallada creció Walter Hernández.

Así mismo la radio pasó de ser un aparatico sólo para escuchar música y entretenerse a ocupar un lugar decisivo en el futuro del adolescente que empezaba a degustarse con todas las emisoras de distintos géneros, que poco a poco fue aprendiendo y programando lo que quería oír, que no sería más que comenzar a decidir.

“Cuando hacían pausas o hablaban en la radio bajaba el volumen, no por ignorar lo que ellos decían ni porque me fastidiara sino porque lo que me interesaba era escuchar música” dice Walter.
Aquello se convirtió en uno sus grandes placeres, hasta el punto de comprar antenas para poder sintonizar emisoras que eran muy difíciles de encontrar en la banda radial, filtrándose una que otra de Barranquilla como Oro Estéreo, programadora de música americana.

Igualmente otra oportunidad para ver la escena musical y tomar de ahí lo mejor era el Festival de Música del Caribe, donde había mucha influencia de la música africana. “Venían de todos lados. De Jamaica, Barbados y de todas las Islas del Caribe. Era algo raro porque era música nueva, que no sonaba en radio y las emisoras también aprovechaban el momento del Festival para hacerlas sonar”.

Equivalentemente el hip hop que se pegaba en Cartagena no fue indiferente a sus oídos. Ni mucho menos el Vit voz, que es aprender a hacer sonidos con la boca- que también cautivó a sus amigos. Era ver y aprender con escuchar.

Walter es comunicador social de la Universidad Autónoma del Caribe, lo que le ha permitido otro acercamiento a la radio y a las experiencias sonoras. Ha estado involucrado con algunos compañeros en programas de radio comunitaria y en investigaciones de las apropiaciones de la música.

Además fue uno de los favorecidos, entre un grupo de doce personas, con una beca por seis meses en la Escuela de Producción Sonora de la ciudad de Bogotá del Ministerio de Cultura.


De Intermundos a Systema Solar
En el 2000 varios amigos, entre esos Vanesa y Juan, se unen con Walter en pro de una propuesta de intercambios de arte, con el fin de mejorar las condiciones de vida y la comunicación entre jóvenes que empiezan a relacionarse desde todas partes del mundo contando sus experiencias.

Intercambios que se logra satisfactoriamente gracias a la labor de Vanesa por sus contactos internacionales y por una organización de Filadelfia, que hizo posible lo que recibe el nombre de Pincelazo.

Luego, durante la posproducción del segundo documental de Intermundos, “Testimonios de Hip-Hop Colombiano”, y tras propuestas individuales de todos sus integrantes nace la idea de Systema Solar para promover las mezclas de reggae, hip hop y música del Caribe en general.

El grupo lleva 3 años de haber sido conformado y sin dudar Walter le ha impregnado además de sus voces -porque hace diferentes tonos y sonidos con ella- sus gustos y obsesiones, como la de los picots.

Parlantes grandes, de colores llamativos y bacanales de música, en especial de champeta, que veía y oía desde la casa de su abuela en el barrio Nariño, “un palenque urbano”.

Sus padres están felices con lo que su hijo hace y no titubean en apoyarlo en cualquier nuevo proyecto. Su papá es el único que no ha podido apreciar ningún concierto de la agrupación por cuestiones laborales, mientras los demás miembros de su familia han viajado para hacerlo.

Los proyectos actuales de Systema Solar es lanzar su primer disco en Colombia, ya lo hicieron en New York para ver si surge algún recurso económico, pero lo que más espera la voz líder es que llegue a la Costa.

martes, noviembre 04, 2008

Manillas y buena energía

Por Vanessa Cantillo Mosquera
Oct 16/ 08

El día amanece y ella como una madre juiciosa, se levanta. Prepara todo para el nuevo día. Arregla a su hijo para llevarlo al jardín, -cuando este no se queda con su padre en casa-, luego regresa al lugar donde están viviendo para recoger las artesanías que fueron hechas la noche anterior e irse mochila en mano con todo el “plante” a venderlo.

La rutina de trabajo, o de rebusque, empieza a eso de las diez de la mañana. Serializadas manillas, de diversos colores, diferentes materiales, encargos y las denominadas de la buena suerte son las que lleva consigo.

Nos montamos al bus de Costa Azul, la ruta de Puerto Colombia que nos lleva hasta la Universidad del Norte, que es donde ahora tiene su “parche”. Llegamos, abrimos el paragüitas con los collares y aretes, y ella saca algunas cosas que tiene que terminar.

Todo consiste en quedarse ahí, tener un trato muy amigable con la gente, ofrecer los productos, y regalar las manillitas de la buena suerte, que algunas veces van acompañadas de un “cualquier moneda es cariño”, que contribuyen bastante al bolsillo.

Debajo del imponente sol de la alta mañana, entre una mezcla de fogaje con algo de brisa, nos ubicamos en una escasa sombra que dan las leves ramas de los árboles. Neyis espera con una sonrisa y palabras de ánimo, paz y amor, a los estudiantes que salen de sus clases.

Cuando acosa la sed, un jugo de naranja de las ventas que están detrás de los paraderos de buses, es lo más indicado para calmarla. Ella trata de gastar lo menos posible el dinero para llegada las dos de la tarde –hora a la que casi siempre se va- tener una buena cantidad y poder irse tranquila a casa.

Algunos estudiantes se acercan no sólo a mirar o comprar artesanías si no a entablar conversaciones. Unos hablan largos minutos con Neyis, la conocen hace tiempo y hasta preguntan por su hijo, Juan José.

Trato de hacer mi propia bienvenida, en eso también se diferencian las personas que trabajan en esto, o lo hippies como suele llamárseles, si bien las personas son diferentes igualmente sus trabajos. Ella para acercarse a alguien casi siempre dice “bienvenida guerrero(a)…ven te regalo la manilla de hoy. Pide tu deseo. De amor, erótico, bienestar, nada de maldad, piense en cosas buenas, ningún mal a nadie. Buena energía.”

Es sólo trasmitir frases agradables. Como cualquier negocio, el vendedor dice lo que el comprador quiere escuchar. Es saber vender. Es ofrecer agradablemente los collares, pulseras, aretes y dijes.

Me enseña entonces a hacer las manillitas, las que se obsequian, las que cada día son de colores diferentes, que algunos coleccionan es sus muñecas, y cuando pasan llegan en busca de la del día, extendiendo sus brazos para lucirlas gustosos en sus muñecas.

Pasan las horas. El ambiente está agitado, congestionado, es la salida de clases. Vamos y ofrecemos lo que hay para vender. Vendemos algunas cosas, cambiamos los cordones de algunos collares por el que quieren, colocamos broches, y se obsequian casi todas las manillas de los deseos.

A más de las dos de la tarde recogemos y guardamos las cosas. Compramos dos jugos de naranja y caminamos para coger el bus que nos llevará de vuelta a casa de Neyis. Me despido. Ella quizás vea algo de televisión o tal vez haga taller para salir por la tarde a seguir vendiendo, o simplemente se eche un sueño y se relaje para recargarse de su buena energía.

Los niños de las burbujas blancas

Por Vanessa Cantillo Mosquera

Sept 10/08


Muy cerca de Barranquilla existe Puerto Colombia, un pequeño pueblo que encontró vida en el borde del mar Caribe. Éste a su vez hizo posible el surgir de la ciudad gracias al muelle construido sobre su mar, por el ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros, inaugurado en 1893. Con una zona de atraque de 180 metros y una extensión total de 720 metros.

El muelle se constituyó en la puerta de la casa. Inmigrantes, agentes navieros, comerciantes, y aventureros llegaron atraídos por el movimiento de divisas, quienes empezaron a edificar el comercio y a su vez, la masa poblacional.

Todo un pasado lleno de progreso y gloria para los habitantes y para la ciudad misma, ha quedado atrás. En su momento el muelle dejó de funcionar, igualmente el ferrocarril que llegaba hasta el, y Barranquilla emergió como puerto fluvial y marítimo independientemente.

Un medio día caluroso, con brisa fresca, vegetación bordeando la carretera y el olor de aire más limpio al de la ciudad, revelan el paisaje a encontrar.

Hoy sólo sus habitantes -con oídos llenos de oleajes-, turistas -encantados al ver la bola de fuego en medio del infinito- y niños haciendo clavados, son los únicos en encontrar un sitio allí.
Julio –al que los otros niños llaman “gato”-, es un niño de 13 años, rubio, de baja estatura, con cara pecosa y orejas grandes. Lleva más de dos horas tirándose al mar. Sólo unos calzoncillos azules, pies arrugados y cabello mojado pegado en la frete lo acompañan en el juego de lanzarse de la forma que sea al mar.

Hace muchos años el muelle fue la solución a uno de los tantos problemas de exportación en Colombia, ahora es una especie de paraíso, tranquilo y tenue, lleno de pequeños, pero grandes de valor, que pasan los días de su niñez entre agua y arena.

Julio al igual que otros niños van a hacer clavados cuando el mar está tranquilo desde la destechada casita que se encuentra al final del muelle.

En la infinidad del azul marino y el cielo blancuzco llegamos a sentir lo pequeños que somos. Caminamos sobre el agua, por retazos de un comienzo y de un final, sombras y sobras del esfuerzo humano.

Dichos, sobrenombres, burlas, groserías y vulgaridades salen de la boca de ellos, resonando en los escombros de muros y paredes caídas de la vieja estación, cuarto de máquinas y de descargue, venidas abajo en años anteriores.

Dentro de los restos del monumento se pasean los imaginarios de los niños, que se prestan para todo, dan vida a toda clase de juegos para las horas que pasan en el muelle, en el agua o fuera de ella. Juegan a la yeva, y en vez de salir corriendo como se hace en el juego normal, ese que alguna vez jugamos muchos, corren a lanzarse al agua, y tras de ellos los que los siguen.

Todos sonríen, se divierten y me contagian con el derroche de alegría. Es como si una burbuja encerrará el aire y los sumergiera por completo.

Se lanzan, y tras mis ojos, ante el inminente salto, me sorprendo y pienso muchas cosas. En especial muchas preguntas, que cuando empiezo a decírselas salen jalonadas con el mismo salto de ellos, ese mismo que deja al zambullirse burbujas blancas en el limpio tornasolado azul, y se las llevan.

A pesar de que sea una forma de recrearse para algunos niños después de ir a la escuela, es evidente que corren riesgos como una mala caída o un golpe al realizar actividades como esta. Pero para ellos el momento es más importante.

Igualmente no falta el que empuje a otro, y luego de los insultos correspondientes y las malas caras todo vuelve a su estado normal. Y sigue el juego.

Es increíble la agilidad de esos chicos para treparse y lanzarse desde tanta altura, y más aún que yo nunca lo haya experimentado. El hecho de que sean niños, hasta de ocho años, me hace sentir mal, frustrada e incapaz. Lo pienso y lo digo en voz alta. Ellos me miran, unos sonríen y otros hacen cara de incomprensión, sé que ambas respuestas son la misma, ellos no entienden que quiero decir.

Por la angustia de que el género femenino no estuviera representado en tales hazañas pregunto a un chico mayor que si hay niñas o chicas haciendo lo mismo. Y sí, hay dos. No sé si afortunadamente, para saber que no sólo puede ser diversión o riesgos de niños, o desafortunadamente por verme y sentirme más patética. Son las cosas que parecen divertidas, que quieres hacer pero que aún no sabes o no te atreves.

Aparte de los resultados económicos y comerciales que trajo la construcción del muelle están también las importaciones culturales que cambiaron muchas de las costumbres, integrándose a los hábitos y a la misma cultura de los colombianos.

El principal puerto del norte de América del Sur, quedó reducido a un pasaje histórico, del cual no todos conocen su significado, importancia y valor histórico. Esos niños que hoy disfrutan de la obra para divertirse o matar las lombrices del vértigo sólo saben que están en Puerto Colombia, en el muelle que lleva el mismo nombre del municipio pero no tienen ni idea de lo que él significó para todos. Para la ciudad, la región, el país y hasta para nuestras familias. Mientras tanto ellos siguen aprovechando lo que tienen.

“El gato” vuelve a saltar desde lo que antes era una ventana. Le pregunto a gritos si va al colegio, y me responde un cómo. La distancia que nos separa y la brisa sin barrera no lo dejan oír claramente lo que le digo. Viene otra pregunta, palabras y aire se pelean. ¿En que curso estás? Un ah! me hace entender que otra vez no escuchó. Se repite la escena, me lee los labios y me responde. Ahora soy yo la que no le oigo. Me grita. Está en sexto de bachillerato.