Por Vanessa Cantillo
Un salón amplio y limpio con piso de machimbre, me muestra otro panorama. Está en la parte posterior de una casa vacía que antes funcionaba como gimnasio. En el piso, un hombre delgado, sudado y de voz gruesa le habla a una mujer de cabello largo. Ella adueñada del espacio se estira, se acuesta y mueve sus piernas, mientras él le explica la rutina de lo que parece una obra.
Walter me había hablado de un ensayo e inmediatamente preparé mi mente para escuchar varias tandas de música. Pero no había música.
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Desde Turbaco, Bolívar a 30 minutos de Cartagena nació un hombre de pocas palabras pero con muchos sonidos a su alrededor. Quizás ahí está el equilibrio de su vida. Quien lo vea caminar por las calles de nuestra ciudad y no lo conozca, cualquier cosa se pude imaginar menos que cante y produzca música.
Es un personaje raro. Sus pantalones rojos, su gorra rasta de color verde, una camisa de cuadritos de color distinto, y su andar dan cuenta de ello. Por las calles o en algún lugar donde te lo tropieces sabes que algo tiene y que sin lugar a dudas no es lo “básico”.
Walter es como una de esas hormiguitas silenciosas que trabaja mucho pero muy poca gente sabe lo que hace. Es calmado y su voz lo comprueba.
Su primer encuentro con la música viene desde la familia. Una radiola que había en su casa, conformada por un tocadiscos y el equipo, con un radio de emisoras am y de onda corta se significó la entrada al mundo de la música.
Cuando era niño junto a sus hermanos, él es el mayor, jugaban con el cabezote del tocadiscos que no servía pero daba vueltas e intentaban tratar de escuchar con la ayuda de un cono de cartulina.
Es así como él reconoce el entorno familiar como uno de los puntos clave para su desarrollo en la música.
El entorno y las influencias
Su curiosidad por la música y la radio fueron despertadas desde muy temprano. Rodeado de un ambiente musical, en un barrio y con amigos tocados por el sonido que emanaba de cualquier calle lejana o cercana a la ciudad amurallada creció Walter Hernández. Así mismo la radio pasó de ser un aparatico sólo para escuchar música y entretenerse a ocupar un lugar decisivo en el futuro del adolescente que empezaba a degustarse con todas las emisoras de distintos géneros, que poco a poco fue aprendiendo y programando lo que quería oír, que no sería más que comenzar a decidir.
“Cuando hacían pausas o hablaban en la radio bajaba el volumen, no por ignorar lo que ellos decían ni porque me fastidiara sino porque lo que me interesaba era escuchar música” dice Walter.
Aquello se convirtió en uno sus grandes placeres, hasta el punto de comprar antenas para poder sintonizar emisoras que eran muy difíciles de encontrar en la banda radial, filtrándose una que otra de Barranquilla como Oro Estéreo, programadora de música americana.
Igualmente otra oportunidad para ver la escena musical y tomar de ahí lo mejor era el Festival de Música del Caribe, donde había mucha influencia de la música africana. “Venían de todos lados. De Jamaica, Barbados y de todas las Islas del Caribe. Era algo raro porque era música nueva, que no sonaba en radio y las emisoras también aprovechaban el momento del Festival para hacerlas sonar”.
Equivalentemente el hip hop que se pegaba en Cartagena no fue indiferente a sus oídos. Ni mucho menos el Vit voz, que es aprender a hacer sonidos con la boca- que también cautivó a sus amigos. Era ver y aprender con escuchar.
Walter es comunicador social de la Universidad Autónoma del Caribe, lo que le ha permitido otro acercamiento a la radio y a las experiencias sonoras. Ha estado involucrado con algunos compañeros en programas de radio comunitaria y en investigaciones de las apropiaciones de la música.
Además fue uno de los favorecidos, entre un grupo de doce personas, con una beca por seis meses en la Escuela de Producción Sonora de la ciudad de Bogotá del Ministerio de Cultura.
De Intermundos a Systema Solar
En el 2000 varios amigos, entre esos Vanesa y Juan, se unen con Walter en pro de una propuesta de intercambios de arte, con el fin de mejorar las condiciones de vida y la comunicación entre jóvenes que empiezan a relacionarse desde todas partes del mundo contando sus experiencias.
Intercambios que se logra satisfactoriamente gracias a la labor de Vanesa por sus contactos internacionales y por una organización de Filadelfia, que hizo posible lo que recibe el nombre de Pincelazo.
Luego, durante la posproducción del segundo documental de Intermundos, “Testimonios de Hip-Hop Colombiano”, y tras propuestas individuales de todos sus integrantes nace la idea de Systema Solar para promover las mezclas de reggae, hip hop y música del Caribe en general.
El grupo lleva 3 años de haber sido conformado y sin dudar Walter le ha impregnado además de sus voces -porque hace diferentes tonos y sonidos con ella- sus gustos y obsesiones, como la de los picots.
Parlantes grandes, de colores llamativos y bacanales de música, en especial de champeta, que veía y oía desde la casa de su abuela en el barrio Nariño, “un palenque urbano”.
Sus padres están felices con lo que su hijo hace y no titubean en apoyarlo en cualquier nuevo proyecto. Su papá es el único que no ha podido apreciar ningún concierto de la agrupación por cuestiones laborales, mientras los demás miembros de su familia han viajado para hacerlo.
Los proyectos actuales de Systema Solar es lanzar su primer disco en Colombia, ya lo hicieron en New York para ver si surge algún recurso económico, pero lo que más espera la voz líder es que llegue a la Costa.