Escucho tu risa a lo lejano.
Miro al parpadear entre el ardor de mi
ceguera tu figura.
Con recelo y descriptible cariño
guardo todos los recuerdos donde existes.
Mis anécdotas, las tuyas y las de
ambos están en el cajón dorado, ese que al abrirse deja salir
sonoras carcajadas llenándonos de alegría, de eso airoso que te invade el pecho
y te mueve las tripas, eso que quizás pueda ser amor o una cosa similar.
Quién sabe.