martes, noviembre 04, 2008

Los niños de las burbujas blancas

Por Vanessa Cantillo Mosquera

Sept 10/08


Muy cerca de Barranquilla existe Puerto Colombia, un pequeño pueblo que encontró vida en el borde del mar Caribe. Éste a su vez hizo posible el surgir de la ciudad gracias al muelle construido sobre su mar, por el ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros, inaugurado en 1893. Con una zona de atraque de 180 metros y una extensión total de 720 metros.

El muelle se constituyó en la puerta de la casa. Inmigrantes, agentes navieros, comerciantes, y aventureros llegaron atraídos por el movimiento de divisas, quienes empezaron a edificar el comercio y a su vez, la masa poblacional.

Todo un pasado lleno de progreso y gloria para los habitantes y para la ciudad misma, ha quedado atrás. En su momento el muelle dejó de funcionar, igualmente el ferrocarril que llegaba hasta el, y Barranquilla emergió como puerto fluvial y marítimo independientemente.

Un medio día caluroso, con brisa fresca, vegetación bordeando la carretera y el olor de aire más limpio al de la ciudad, revelan el paisaje a encontrar.

Hoy sólo sus habitantes -con oídos llenos de oleajes-, turistas -encantados al ver la bola de fuego en medio del infinito- y niños haciendo clavados, son los únicos en encontrar un sitio allí.
Julio –al que los otros niños llaman “gato”-, es un niño de 13 años, rubio, de baja estatura, con cara pecosa y orejas grandes. Lleva más de dos horas tirándose al mar. Sólo unos calzoncillos azules, pies arrugados y cabello mojado pegado en la frete lo acompañan en el juego de lanzarse de la forma que sea al mar.

Hace muchos años el muelle fue la solución a uno de los tantos problemas de exportación en Colombia, ahora es una especie de paraíso, tranquilo y tenue, lleno de pequeños, pero grandes de valor, que pasan los días de su niñez entre agua y arena.

Julio al igual que otros niños van a hacer clavados cuando el mar está tranquilo desde la destechada casita que se encuentra al final del muelle.

En la infinidad del azul marino y el cielo blancuzco llegamos a sentir lo pequeños que somos. Caminamos sobre el agua, por retazos de un comienzo y de un final, sombras y sobras del esfuerzo humano.

Dichos, sobrenombres, burlas, groserías y vulgaridades salen de la boca de ellos, resonando en los escombros de muros y paredes caídas de la vieja estación, cuarto de máquinas y de descargue, venidas abajo en años anteriores.

Dentro de los restos del monumento se pasean los imaginarios de los niños, que se prestan para todo, dan vida a toda clase de juegos para las horas que pasan en el muelle, en el agua o fuera de ella. Juegan a la yeva, y en vez de salir corriendo como se hace en el juego normal, ese que alguna vez jugamos muchos, corren a lanzarse al agua, y tras de ellos los que los siguen.

Todos sonríen, se divierten y me contagian con el derroche de alegría. Es como si una burbuja encerrará el aire y los sumergiera por completo.

Se lanzan, y tras mis ojos, ante el inminente salto, me sorprendo y pienso muchas cosas. En especial muchas preguntas, que cuando empiezo a decírselas salen jalonadas con el mismo salto de ellos, ese mismo que deja al zambullirse burbujas blancas en el limpio tornasolado azul, y se las llevan.

A pesar de que sea una forma de recrearse para algunos niños después de ir a la escuela, es evidente que corren riesgos como una mala caída o un golpe al realizar actividades como esta. Pero para ellos el momento es más importante.

Igualmente no falta el que empuje a otro, y luego de los insultos correspondientes y las malas caras todo vuelve a su estado normal. Y sigue el juego.

Es increíble la agilidad de esos chicos para treparse y lanzarse desde tanta altura, y más aún que yo nunca lo haya experimentado. El hecho de que sean niños, hasta de ocho años, me hace sentir mal, frustrada e incapaz. Lo pienso y lo digo en voz alta. Ellos me miran, unos sonríen y otros hacen cara de incomprensión, sé que ambas respuestas son la misma, ellos no entienden que quiero decir.

Por la angustia de que el género femenino no estuviera representado en tales hazañas pregunto a un chico mayor que si hay niñas o chicas haciendo lo mismo. Y sí, hay dos. No sé si afortunadamente, para saber que no sólo puede ser diversión o riesgos de niños, o desafortunadamente por verme y sentirme más patética. Son las cosas que parecen divertidas, que quieres hacer pero que aún no sabes o no te atreves.

Aparte de los resultados económicos y comerciales que trajo la construcción del muelle están también las importaciones culturales que cambiaron muchas de las costumbres, integrándose a los hábitos y a la misma cultura de los colombianos.

El principal puerto del norte de América del Sur, quedó reducido a un pasaje histórico, del cual no todos conocen su significado, importancia y valor histórico. Esos niños que hoy disfrutan de la obra para divertirse o matar las lombrices del vértigo sólo saben que están en Puerto Colombia, en el muelle que lleva el mismo nombre del municipio pero no tienen ni idea de lo que él significó para todos. Para la ciudad, la región, el país y hasta para nuestras familias. Mientras tanto ellos siguen aprovechando lo que tienen.

“El gato” vuelve a saltar desde lo que antes era una ventana. Le pregunto a gritos si va al colegio, y me responde un cómo. La distancia que nos separa y la brisa sin barrera no lo dejan oír claramente lo que le digo. Viene otra pregunta, palabras y aire se pelean. ¿En que curso estás? Un ah! me hace entender que otra vez no escuchó. Se repite la escena, me lee los labios y me responde. Ahora soy yo la que no le oigo. Me grita. Está en sexto de bachillerato.

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