Claramente se escucha de nuevo la
voz y en unos minutos se siente la repetición de advertencias y recriminaciones ya dichas. Se
sulfura, y basta solo con fijarse en su rostro para darnos cuenta de que algo malo
le sucede. Gestos, manoteos y otros ademanes dejan ver su enojo pero lo más
reconocible, algo raro que se le nota, una forma extraña al descargar palabras, que es precisamente
cerca de su boca, el bigote, y esa forma
peculiar que opta en situaciones como estas, mostrando el éxtasis total del disgusto.
Es mi padre, si señores, es mi
padre.
Alejandro Cantillo Comas. Tiene
50 años, es de estatura media, moreno, bigotón, lleno de algunas canas,
recubiertas de un negro Bigen que les echa desde que empezaron a aparecer.
-Perdón pa’ se que no te gusta que sepan
cosa como estas-. De signo Leo, amante de la salsa y el béisbol, trabajador y
refunfuñero. Con un carácter nada maleable, fiel a su signo zodiacal, crítico, llegando a veces al extremo,
enchapado a la antigua y sobreprotector.
Alcanzó a terminar el
bachillerato, incursionó luego a varias carreras, como arquitectura en la
Universidad del Atlántico de donde pronto se retiraría e incorporaría a una
academia de locución de radio. Todas estas sin salir ganador de título alguno,
pues ya era la hora de toparse con otros puntos en su vida que no convergían para
nada con sus estudios, y era la llegada de una novia, de una futura esposa, de
la adquisición de una responsabilidad, de vida aparte.
No obstante consiguió trabajo, y
no le ha faltado para criar, educar y mantener a su media docena de retoños. Empezó
en el círculo de lectores, como promotor de ventas, luego en Monómeros y por último
en Pizano S.A., donde es esclavo -como dice- actualmente; sin dejar atrás los variados y
múltiples empleos informales por los que tuvo que pasar.
Expresa también, agregando, .
Muro, camino, familia.
Por razones y comportamientos
intolerables para él, y con muchas peripecias más terminó el matrimonio que ya
había empezado. Y en el camino halló a mi madre, con la que integraría la familia
anhelada, parecido a lo que él aspiraba, no perfecta, pero sí en la que la
unidad de hogar tendría más resonancia.
Con tres niños, Marvin, Alexandra
y Alejandro, mi padre y mi madre conformarían junto con Leidys -efecto de su
unión- la nueva familia. Pasarían luego seis años para que yo estuviera con
ellos, y unos tres más para cerrar el círculo, para completar la estirpe
con Katherine, la menor.
La mezcla.
El equilibrio de la pasividad,
tranquilidad, y libertad de mi madre con la disciplina, orden y modos
conservadores de mi padre, ha hecho posible la unidad del hogar, manteniéndolo y
conservándolo a pesar de todos los cambios y giros imprevisibles que desde la
vida misma se pueden dar.
Se pechichan y se consienten como
si todavía estuvieran en su época de novios. Mantienen una relación muy
estable, discuten, a veces hasta ignorarse sin ningún resultado, pues eso no
dura más de un día. En tales situaciones el ambiente se pone tenso, la grieta
es grande cuando algo entre ellos no se encuentra bien, pero sin dejar de ser
lo que se es, no falta domingo que se les vea muy encaramelados.
La carrera- la carreta.
Con esfuerzo, dedicación y cierta
persistencia cantaletosa, mi padre se ensaña en formarnos. No ha sido fácil,
corrección, no es fácil, tratar de enseñar a vivir, de mostrarnos un mundo y de
protegernos de otro, mucho menos cuando no es a uno solo, si no a seis, seis
críos que tienen pensamientos e ideales que no concuerdan con los suyos, que
por mucho sacrificio terminan decepcionándolo y causándole dolores de cabeza.
Ser el conductor de esta carreta
llena de vida, de posibilidades, ha sido un reto para él. Luchando día a día, regaño
tras regaño, cana tras cana, para querer hacer algo por sus hijos… dice, fluyendo luego
una manada de palabras, recuerdos y ejemplos que son los precisos para el
momento.
Disgusto, amargo disgusto.
Era jueves, y una vez más sus ya
grandecitos hijos le volvían a dar vida al tan imparable combatiente Alejandro.
Había sido un día más de trabajo, de turno de amanecida -de 12.00 a.m. a 8:00
a.m. del día siguiente- lo vi llegar a casa esa mañana, le preparé el desayuno
a mi madre y a él, quien lo masticó con ansias rápidamente y luego con
desilusión al sentir el amargo del café con leche no endulzado.
Descansó toda la tarde con
algunas molestias corporales que andaba sintiendo, pero pasada la tarde, sin
prever -una capacidad única de los padres- nada y sin síntomas algunos de que
la tranquilidad de la tarde, como algunas otras, iba a ser arruinada por un
nuevo evento de uno de sus hijos, en este caso el mayor, Marvin, que poseía antecedentes no muy gratos para mi padre.
dice. En circunstancias
como estas es donde se ve lo que muy burlescamente mi abuelo materno dice < Es
que cuando Alejandro coge rabia el bigote se le para>.
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