martes, mayo 20, 2008

Escrito personal hacía Santa Sangre

Por Vanessa Cantillo Mosquera
mayo 19/08*


Todo empezó un miércoles. Día del cineclub Cinéfilos, dirigido por John, un conocido en una de las tardes de los viernes en la Alianza Francesa, quien luego de una agradable e interrumpida charla de cóctel me había invitado a que asistiera.


Y así fue. Intente y lo establecí en mi horario. Luego de atravesar la ciudad en un bus de Kra 54 y de haber recorrido algunas calles tras haber preguntado, -no se por qué-, si aún no habíamos pasado por el sitio, me tocó bajarme inmediatamente del bus y seguir las indicaciones del amable chofer y emprender una nueva odisea en el apabullado centro de la ciudad hacía la Biblioteca Pública Departamental Meira del Mar. Esa sería la primera vez que la visitaría.



De las veces que había ido al centro, la mayoría de ellas había tenido problemas para ubicarme. Allá, uno siempre tiene que estar a la expectativa más que en cualquier otro espacio, nunca sabe que va a pasar, nunca puede prever nada. En fin, estaba empeñada en llegar al cineclub y tras experiencias anteriores aprendí que dando vueltas en el centro se halla el lugar que es, haciéndote pasar por una prueba más de persistencia. También quería despejar mi mente y que mejor que viendo cine independiente, además de paso dejarle claro a un amigo que aunque fuera en el lugar que era, a las dos de la tarde, en la 38 con 38, yo podía ir; cosa que me ayudo más.

Al llegar encontré muchas sorpresas. Cosas que me hicieron pensar, imaginar y preguntar, inevitables por hacer parte de una novedad, que terminó siendo encantadora. Creí que encontraría un lugar vacío, o con unas cuantas personas, y fue todo lo contrario. Había adolescentes entregando sus maletines para poder ingresar a la sala, mujeres y hombres charlando en las contadas mesas del lado izquierdo de una pequeña cafetería, los del cineclub desocupando el salón que estaba dispuesto para ellos, pues habían instalado otro evento allí, y otros en lo suyo, en sus trabajos.

Un sala, o mejor una bibliosala para niños, recoge toda mi atención y mi andar. Me asomo llevada por el encantamiento de los colores y del decorado. Entro con pasos sigilosos queriendo no sorprender ni entorpecer a nadie. Me encierra una sensación de estar en un mundo diferente, y a la vez de volver atrás, embargándome la nostalgia, recordando momentos de mi niñez y pensar lo que no se piensa cuando se es.

En una de las esquinas del lugar, están dos niños jugando damas, son callados, reacios, a quienes no logro interrumpir de su juego con mis preguntas; otros dos usan dos destartalados computadores para dibujar en Paint, siquiera voltean sus rostros, con caras que se preguntan quién será esa extraña, y me prestan algo atención. Uno de los primero chicos lleva su cabello a la altura de los hombros. ¿Tú eres niña o niño? Le pregunto. Él no responde, no quiere decirme nada, está enfrascado en su juego. Los otros, luego de reírse, me dicen que es niño.

Ojeo los títulos de los libros, hay fábulas, cuentos, hasta versiones animadas de narraciones que se pensarían de un nivel superior para niños, como “El Fantasma de Canterville, de Oscar Wild, él que tomo en mis manos, y sin querer digo un ¡Vaya! en voz alta. Ellos me miran sin entender mi reacción. Una voz algo cantaletosa de una niña me baja de la nebulosa que pasa por mi cabeza. Ella, con ese valor de niño que llora por lo que quiere, irrumpe el silencio del ambiente, con un seño…seño…seño…
Entregándole una hoja y un lapicero le dice “seño toma para que me hagas la carta”. Yo le pregunto carta para qué, “para que mi colegio venga”, me responde. Casi como si hubiera interpretado mi cara se le suelta su lengüita y sigue hablando, “es que yo quiero que mi colegio venga, lo que pasa es que vino sólo los de 4to de la mañana, pero los de la jornada de la tarde, mi curso, no, entonces para que mi seño lea esa carta”. Cómo se llama tu colegio, le sigo preguntando, y para sorpresa mía es el mismo donde yo estudie. Ese colegio, no muy lejos de ahí, donde pasé grandes momentos y construí parte de lo que soy hoy.

Preguntar a la que la niña ha llamaba seño, que no lo era, qué hacen, cómo son las actividades que se hacen para los niños, quiénes los apoyan, se me dio también por pensar en cómo yo podría ser parte en la construcción de esos espacios, y porque no, de un lugar para ellos o para mi, en la medida en que podría acompañar, ayudar y enseñar a los niños que se interesan por ir a lugares como estos, y a la vez aprender de ellos.

Sería contribuir a las cosas y no quedarnos en la quejadera de siempre, poniendo un granito de arena o una montaña completa, que se una a formar parte del valor agregado a la capacidad intelectual de la ciudad y por ende, a la del país.

Y mientras a la niña se le cumple el deseo de que la seño le escriba la carta para venir a visitar la biblioteca infantil con todos sus compañeritos de clase, desmaraño las telarañas de mi cabeza recordando que he venido a por una película, me despido, salgo alegre y gustosa con el propósito de regresar muy pronto, así llego también a mi primer frío y transformador encuentro con Jodorowsky y su Santa Sangre.




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